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Viernes 17 de abril de 2009
Los gobiernos europeos frente a la crisis.
Para que nada cambie

Ver en línea : Viento Sur

“Cambiar todo para que nada cambie”, la famosa fórmula podría servir de divisa a los gobiernos europeos. Sus críticas del sistema financiero y sus fanfarronadas sobre la regulación dibujan una verdadera economía política del simulacro. Los hechos están ahí: la inyección de dinero público en los bancos no ha ido acompañada de ninguna medida de control; los planes de relanzamiento son calculados de forma limitada y no beneficiarán a quienes tendrían más necesidad de ellos; la puesta en cuestión de las “primas” de los directivos de las grandes empresas sigue siendo cosmética y dispensa de abordar la cuestión mucho más amplia del reparto de las rentas.

La intención es tratar la crisis al nivel mínimo esperando que las cosas puedan volver a marchar como antes de 2010. Pero esto sencillamente no es posible. La primera razón es que las medidas tomadas no bastarán para intervenir el sistema bancario y financiero. Para esperar hacerlo, habría que nacionalizar y revisar todo en profundidad, como reconoce The Economist que se ha unido a esta opción “desgraciadamente inevitable” /1. El modelo estadounidense basado en el sobreendeudamiento de las familias no puede manifiestamente volver a funcionar igual que antes y se ve con dificultades las soluciones de recambio disponibles, sin poner en cuestión de forma fundamental las desigualdades sociales. A nivel mundial, pesa la mayor incertidumbre sobre la trayectoria del dólar, sobre la amplitud y la financiación del déficit estadounidense y sobre la capacidad –y la voluntad- del resto del mundo de financiar el crecimiento estadounidense. En fin, Europa está “implosionando” como entidad económica /2.

A pesar de todo, los gobiernos preparan el golpe de después. Según las últimas previsiones de la OCDE /3, la zona euro debería terminar el año 2010 con una tasa de paro cercana al 12% y un déficit presupuestario medio del 7% del PIB. Para volver a la situación normal, será preciso primero retomar el curso interrumpido de las reformas del mercado de trabajo. La OCDE insiste sobre este punto: habrá que asegurarse de “que las medidas puestas en marcha para hacer frente a la crisis pero que pueden tener consecuencias perjudiciales a largo plazo sean retiradas de forma ordenada”. Habrá luego que reabsorber los déficits públicos haciendo recortes de nuevo en los presupuestos sociales, lo que da por ejemplo: “para ayudar a las personas en dificultades, ciertos países han extendido la duración y los niveles de la protección social. Si una tal acción es comprensible en las circunstancias actuales, esas medidas deberán ser reducidas cuando la actividad se recupere”.

Esta vuelta a la normalidad está fuera de alcance. Un cierto número de sectores van sin duda a recuperarse y los periodistas se han armado ya de lupas para discernir el menor temblor. Los planes de relanzamiento van a dar esperanzas pero la perspectiva general es sombría: no se volverá a las tasas de crecimiento de antes de la crisis y la tasa de paro se estabilizará a un nivel elevado. El capitalismo entra en un callejón sin salida, porque no puede restablecer el modelo neoliberal en todo su esplendor, y porque no quiere poner en pie una especie de neofordismo basado en una progresión más regular de la demanda interna y en un reparto menos desigual de las rentas.

Hay pues que prepararse para un largo período de indecisión y de enfrentamientos. Nada es más peligroso que una bestia salvaje herida. Hay pues que esperar una violencia social renovada por parte de las clases dominantes con el objetivo de defender sus privilegios sociales. Se apoyará si es necesario en posiciones reaccionarias de repliegue nacionalista. Del lado de las y los trabajadores, la defensa de las condiciones de existencia inmediatas puede permitir dar cuerpo a un proyecto de transformación social confrontado a tres enormes desafíos: establecer la correlación de fuerzas necesaria para controlar la actividad de los capitalistas; liberarse de la coacción de la mundialización sin hundirse en las ilusiones soberanistas; tener como objetivo prioritario el bienestar social y romper con la religión del crecimiento.

Politis nº 1049, abril 2009

Notas:

1/ « In knots over nationalisation », The Economist, 26/2/2009, http://gesd.free.fr/inknots.pdf

2/ Michel Husson, « Chacun pour sa bourgeoisie », Regards, mayo 2009, http://hussonet.free.fr/eurogar.pdf [Traducido a continuación].

3/ Perspectives économiques de l’OCDE, Rapport intermédiaire, marzo 2009, http://tinyurl.com/ozout93

Cada uno para su burguesía

Michel Husson

Estamos pues en el mejor de los mundos, y todos europeos: el BCE ha reaccionado bien, el euro nos ha protegido, y Europa ha hablado con una sola voz en el G-20. En realidad la crisis pone a la luz un proceso de fraccionamiento que Jacques Sapir llama con razón la “eurodivergencia”. Desde Maastricht, la distancia ya se había profundizado entre países. Con, por un lado, “ganadores” (España, Finlandia, Grecia, Irlanda, Luxemburgo, Reino Unido, Suecia) que constituyen un tercio de la economía europea y cuya tasa de crecimiento entre 1992 y 2006 se acercaba a la de los Estados Unidos; y “perdedores” (Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Francia, Italia, Países Bajos, Portugal) cuyo crecimiento ha sido netamente inferior a la media europea.

La crisis agrava este fenómeno: todos los países europeos están golpeados pero no de la misma forma. España, cuya economía había sido arrastrada por la exuberancia inmobiliaria retrocede brutalmente y su tasa de paro estalla. El Reino Unido paga hoy su dependencia de las finanzas y su moneda se hunde. Alemania, que había dado una prioridad absoluta a las exportaciones, sufre de lleno el retroceso del mercado mundial. El modelo irlandés, fundado en la inversión internacional, se ha hundido. Francia ocupa como de costumbre una posición media que se explica por una menor exposición a los riesgos de los sistemas financieros y del inmobiliario y, paradójicamente, por sus modestos logros en la exportación.

El euro ha evitado efectivamente que una especulación sobre las monedas venga a redoblar los efectos de la crisis. Es por esta razón que una salida del euro es poco probable. Así, España se ha beneficiado del euro permitiéndose un déficit comercial del 6% al 7% del PIB (tanto como los Estados Unidos) que no habría podido permitirse con la peseta, que habría sido atacada desde hace mucho. Salir del euro para poder devaluar su moneda sería un remedio peor que el mal. Por razones simétricas, se comprende que algunos de los nuevos Estados miembros querrían acelerar su entrada en el euro.

Pero esta ventaja del euro se paga muy cara. El BCE no se interesa más que por la inflación y tanto peor si la subida del euro pesa sobre las exportaciones puesto que permite reducir el precio de las importaciones. No hay pues nueva política de cambio a nivel europeo. Pero los diferentes países son desigualmente sensibles a la tasa de cambio del euro: Alemania lo es muy poco, mucho menos en cualquier caso que Francia. Sería preciso que el dólar descendiera aún más abajo para ver un día esbozarse una posición común.

Con la crisis, los principios fundadores de la Europa neoliberal han estallado, comenzando por el pacto de estabilidad. La independencia del BCE ha sido, de hecho, puesta en cuestión por la presión a bajar (a trompicones) sus tasas de interés; la Comisión, y por supuesto el Parlamento, han sido puestos fuera de juego y las reglas de la competencia han sido olvidadas ante la urgencia de los diversos planes de rescate.

La crisis ha mostrado también hasta qué punto las instituciones europeas actuales eran inadecuadas. Pero, aún más, viene a subrayar el fracaso de un modo de construcción que se ha basado siempre en el rechazo a dotarse de herramientas como una adecuada política cambiaria, un presupuesto ampliado, o también un verdadero gobierno económico. No habrá tampoco financiación compartida de los déficits públicos o programas de inversión puesto que el BCE fue constitucionalmente privado de la posibilidad de emitir empréstitos o de comprar bonos del tesoro, como ha comenzado a hacer la FED en los Estados Unidos. Hungría, sin embargo miembro de la Unión, ha debido recurrir al FMI que le ha impuesto condiciones dignas de su mejor época: supresión de una paga para los jubilados y congelación de salarios en la función pública.

Los dirigentes europeos intentan salvaguardar las apariencias pero sus intereses divergen frente a la crisis. Los relanzamientos son subdimensionados y no comportan ningún plan global de inversiones públicas, ningún relanzamiento salarial o reducción concertada del tiempo de trabajo. Los expertos preparan ya el golpe de después, dicho de otra forma, el ajuste presupuestario sobre los gastos sociales. Lo que está en juego en las próximas elecciones es pues considerable: se trata ni más de menos de refundar un proyecto de Europa solidaria, basado en el principio de armonización y no en el de competencia. Frente a la debacle, está lanzada la carrera con las variantes nacionalistas y autoritarias del neoliberalismo.

Regards, mayo 2009, http://hussonet.free.fr/eurogar.pdf

Traducción: Alberto Nadal para VIENTO SUR






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